Entré a la sex shop, compré un condón y un diminuto

envase de plástico que

según indicaba la etiqueta era lubricante,

para dirigirme en directo a la zona de cabinas.

Sin perder tiempo renté una película donde les dan por el

culo a unas tías ya

cuarentonas.

Me gustan dos tipos de películas porno: 1.- aquellas donde los

actores y actrices se

ven naturales,

y 2.- aquellas de sexo anal. Soy fanático del sexo anal.

Esta parecía reunir ambos

requisitos. Pedí

cabina "abierta". Pasé a ella y cerré la puerta.

La peli comenzó, me saqué la verga y empezé a jalármela

mientras veía las cachondas escenas

frente a mi. Decidí que el pantalón estorbaba, y en la

intimidad de mi cabina decidí desabrocharme

el pantalón y bajarmelo por completo. Lo mismo

procedió para los boxers. Puse el condón y el lubricante

en la silla junto a mí, me senté y seguí jugando con mi verga.

Al cabo de unos minutos, a través de uno de los dos "glory holes"

de la cabina, apareció un dedo

invitándome a darle mi verga, lo cual hice sin mayores miramientos.

Diós! Que boca aquella!

Esa boca anónima empezó a darme una de las mejores mamadas

de mi vida! Sentía la lengua caliente

lamerme el capullo y de ahí viajar a lo largo del tronco. Sentía los

dientes rozarme suavemente mientras

la lengua me presionaba contra el duro paladar. Mil sensaciones.

Podía sentir como los labios arropaban

mi verga mientras la boca entera me masturbaba. Varias veces la

boca anónima dió paso a unas manos

expertas que apretaban y jalaban mi verga mientras la lengua

jugaba con el hoyito en punta de la misma,

para nuevamente dar paso a esa boca. Podía sentir como

arrastraba los dientes por la cabecita.

Podía sentir la succión que aplicaba cada que mi verga salía de

su boca. Era como sí quisiera sacarme el alma

a través del hoyo de la verga.

Era indescriptible. Nunca me lo habían hecho así. Ni hombres,

ni mujeres. Definitivamemente esa

boca sabía darle gusto a una verga.

Mis sentidos giraban a mil por hora. No podía generar una

imágen mental de mi anónimo mamador.

Eran tan precisos y delicados los movimientos que él hacía

para mamarme. Se notaba que no quería

lastimarme de ningún modo y que él estaba disfrutandolo

tanto ó más que yo.

Sorpresivamente se detuvo. No hubo aviso, simplemente

se detuvo. Desconcertado me retiré del glory hole

y a través del mismo vino una voz que me pedía permiso

para entrar a mi cabina. Literalmente me preguntó

sí podía pasar a mi cabina.

Era el momento decisivo para mi. Nunca lo había permitido

antes. Siempre me había acobardado en ese

momento. Esta visita no debía ser así. Sólo atine a decir "pasa",

abrí el cerrojo de la puerta y me recargué

en la pared, dándo la espalda a la pantalla de TV, esperando.

Mi corazón se aceleró. ¿Cómo sería él? ¿Qué aspecto tendría?

A juzgar por la delicadeza de su trato supose

que sería un tío completamente afeminado y de complexión

delgada, cási juvenil. Viejos clichés y estereotipos, supongo.

La puerta se abrió un par de minutos después. Me cagué.

Era un tío que fácilmente me sacaba 10

kilos de músculo! No soy un enclenque, tampoco soy un

fisicoculturista, pero aquel tipo se veía bastante

más corpulento que yo. No había nada femenino en él.

De hecho era feo a lo Charles Bronson. Moreno típico

mexicano y de aspecto rudo. Era claro que no se trataba

de algún oficinista ó de alguién que hiciera algún

trabajo de escritorio. Puta madre, en qué lío me había metido!

Me dijo que hacía calor en la cabina, se quitó la playera y

la metió en uno de los glory holes. Yo

me quedé petrificado. Con cara de pendejo, con los

pantalones y los calzones hasta los tobillos y

con la verga parada y aún mojada con su saliva.

Vaya escenita.

Él no dijo nada. Simplemente se sentó y volvió a mamarme

la verga. Eso me volvió a la realidad.

Otra vez aquellas caricias suaves.

Sentí una de sus manos aprentándome la verga ó

jugando con mis huevos, al tiempo que la boca

seguía dándome sus caricias, y mientas la otra mano

acariciaba mis piernas, desde mis tobillos hasta

mis nalgas. Podía sentir esa mano abriéndome las

nalgas hasta llegar a mi culo y acariciarlo usando

un dedo.